Tristeza que se convierte en síntomas físicos

 

El dolor tiene un origen tanto físico como emocional y puede manifestarse de diversas formas. En muchos casos, la línea que separa ambos aspectos es muy fina, ya que nuestras experiencias emocionales influyen hasta llegar a amplificar la percepción del dolor físico.

Cuando hablamos de un dolor «fuerte, inmenso e insoportable», es posible que estemos enfrentando una combinación de factores físicos y emocionales.

Por un lado, el dolor puede ser el resultado de una lesión o enfermedad física, donde hay una respuesta de nuestro sistema nervioso y la sensación física es real y tangible. Sin embargo, nuestras emociones, rabia, tristeza o miedo, pueden modular e intensificar esa experiencia dolorosa.

Como dice el Dr Enrique De Rosa Alabaster, la conexión entre lo físico y lo emocional se basa en la interacción compleja entre el cerebro, el sistema nervioso y los procesos cognitivos. La experiencia del dolor no se limita simplemente a las señales nerviosas que transmiten sensaciones físicas, sino que también involucra la interpretación subjetiva de esas señales por parte del individuo.

Es importante destacar que el enfoque de la Biodescodificación se centra en comprender y abordar la influencia de los factores emocionales en la salud física.

En este contexto, un enfoque integral de la salud aborda tanto los aspectos físicos como los emocionales del dolor, reconociendo que ambos pueden interactuar y contribuir a la experiencia global de la persona.

Medicina moderna y medicina basada en la integridad del ser

El modelo que se suele utilizar en la medicina moderna es el establecido por René Descartes en el siglo XVII: el del cuerpo separado de la mente.

A medida que los conocimientos en medicina avanzan, así como nuestro sentido común respecto a la salud, cada vez es más evidente algo que siempre lo fue:

la mente no es una “sala de control” que maneja un cuerpo mecánico y que responde pasivamente a sus órdenes, sino que las personas tenemos un organismo integrado en el cual todo es cuerpo o cerebro a la vez.

En realidad todo es uno.

De esta forma entendemos porqué nuestros pensamientos y emociones no son solo de “la cabeza”, sino de todo nuestro ser. Y recíprocamente, lo que percibimos en el cuerpo, tampoco es “solo” del cuerpo sino es todo nuestro ser integrado y único.

Esto no es una ideología difusa alternativa, sino que tiene que ver con integrar a la clínica el conocimiento actual en cuanto a cómo estamos realmente compuestos.

La conexión entre las emociones y la salud física ha sido objeto de estudio durante siglos.

El área de la medicina que se ocupa de ello es la psicosomática, que es esencialmente interdisciplinaria, es decir, un área de conocimiento en la que se interconectan aspectos del cuerpo, con cuestiiones comportamentales, sociales e incluso ambientales.

Actualmente, todo ello está integrado a su vez en la llamada Medicina del Comportamiento (Behavioral Medicine), un criterio más actual y amplio, en el cual la síntesis entre los conocimientos en lo referente a lo biológico se combina con todas las ciencias sociales.

Así, epidemiología, antropología, sociología, psicología, fisiología, farmacología, nutrición, neurociencias, etc., forman parte de un mismo corpus conceptual que reintegra al ser en uno y no multiplicidades ajenas entre sí. Entre todas esas redes conceptuales se va diluyendo el paradigma mente-cuerpo.

El origen de la medicina psicosomática

La medicina psicosomática no es nueva, de hecho fue la forma de todos los abordajes del malestar por parte de las medicinas tradicionales y de la antigüedad.

Así, son ejemplos los griegos. Galeno hablaba de las “enfermedades de la pasión”.

Más cerca en el tiempo y en occidente, los trabajos de Franz Alexander o Georg Groddeck, y en general toda la órbita de la escuelas no solo la alemana sino también francesa e inglesa clásicas, abordan al ser humano como un ser integral.

Con el auge de la farmacología y las drogas para situaciones puntuales esto se fue diluyendo, quedando a veces esta mirada en zonas de la periferia de la ciencia formal, no siempre bien valoradas o desarrolladas.

La tristeza como fuente de estrés y problemas físicos

La tristeza es una emoción humana natural y común que todos experimentamos en algún momento de nuestras vidas. Puede surgir como respuesta a una decepción, un objetivo frustrado, a una pérdida, o inclusive y eso nos preocupa más, sin encontrar razón o causa aparente.

Cuando nos sentimos o somos amenazados por algún tipo de factor emocional, como una pérdida real o potencial que genera tristeza, es común que nuestro cuerpo reaccione de manera muy similar a una amenaza física.

Una parte de nuestro sistema nervioso, el sistema nervioso autónomo o neurovegetativo, especialmente la rama simpática, se activa, lo que puede aumentar la tensión muscular, la frecuencia cardíaca y la presión arterial.

Esta respuesta al estrés puede tener un efecto directo en nuestros sistemas musculoesquelético y nervioso, exacerbando o desencadenando dolores físicos: los típicos de espalda o cuello, tan emparentados con otras cargas menos físicas y más emocionales.

La conexión entre el sistema nervioso y las emociones

Para entender la importancia del sistema nervioso autónomo, se puede hablar de la población neuronal en las zonas digestivas, que ha hecho que se hable de “segundo cerebro” por su importancia.

Por otro lado, una misma estructura cerebral, aun cuando tiene diferentes núcleos, el tálamo, regula la percepción del dolor y así en base a sus conexiones con el exterior y también con la corteza y diversas áreas del encéfalo, aumenta o disminuye la sensibilidad al dolor tanto externo como interno, físico, o emocional.

Así sabemos, por ejemplo, que la tristeza prolongada puede aumentar la sensibilidad al dolor.

Esta sensibilidad puede afectar diferentes áreas del cuerpo, como los músculos, las articulaciones o provocar cefaleas rebeldes o cuadros de dolor generalizado.

Esto, en la medida que se lo mantiene, provoca astenia, agotamiento y cuadros similares a la fatiga crónica y la fibromialgia, que se relacionan o confunden frecuentemente con esta fisiopatología.

El problema es que como todas las alteraciones sobre variables básicas, como el dolor, el sueño, la alimentación, por ejemplo, son caminos de doble vía y la afectación en una parte de ese sistema afecta al todo: problemas digestivos pueden relacionarse con trastornos de sueño, o inmunológico y aumentar así la percepción del dolor y viceversa.

Trastornos de sueño, alteraciones de peso (en más o en menos), dolores difusos a veces muy localizados en una zona, y que ninguno de estas variables parecen responder, es lo que vemos expresado en la práctica con el sobreconsumo de analgésicos, ansiolíticos y antidepresivos, por ejemplo, o en buscar propuestas regeneradoras, compuestos potenciadores, revitalizantes etc.

La salud llega con un enfoque integral

Es fundamental reconocer la importancia de abordar todos los aspectos del ser, emocionales, físicos y de sus circunstancias vitales, cuando se trata de dolores crónicos o recurrentes. La tristeza puede tener un rol fundamental que no se debe dejar de explorar.

El sistema nervioso autónomo desempeña un papel vital en nuestra salud, y la relación entre la mente y el cuerpo es evidente en las enfermedades psicosomáticas.

Al integrar enfoques médicos y emocionales, podemos trabajar hacia una salud óptima y una mejor calidad de vida. La conexión entre las emociones y la salud física es innegable, y abordar ambas es fundamental para promover un bienestar integral.

 

Conectar cuerpo y mente con ejercicios de escritura

La escritura terapéutica es una vía maravillosa para explorar y procesar nuestras emociones de manera reflexiva y consciente.

Al expresar nuestros sentimientos a través de la escritura, nos damos la oportunidad de dar voz a nuestras experiencias emocionales más profundas. Así llegamos a comprender mejor la naturaleza de nuestra tristeza, así como sus posibles causas.

La escritura terapéutica ha sido avalada por diferentes investigaciones como un medio para aumentar la autoconciencia y la autorreflexión. A través de ela identificamos patrones de pensamiento negativos y creencias limitantes que mantienen viva nuestra tristeza.

La escritura terapéutica funciona como una forma de catarsis emocional.

Al plasmar nuestros sentimientos en papel, experimentamos un gran alivio, liberando cargas internas y reduciendo la tensión física asociada con nuestras emociones, ya sea miedo, tristeza, rabia o asco, y todos los sentimientos asociados a ellas.

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Basado en el texto de Enrique De Rosa Alabaster

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