Estrés emocional y síndrome de intestino irritable

 

Que las experiencias emocionales, especialmente las que son reprimidas, pueden contribuir al desarrollo de enfermedades físicas no es algo que defienda exclusivamente la Biodescodificación.

Cada día son más los enfoques integrativos en los que se tiene en cuenta la totalidad de la persona que padece una enfermedad, en lugar de centrarse en el órgano enfermo.

Y es que la relación entre la mente y el cuerpo es compleja y multifacética. De esto se dan cuenta quienes están en conexión directa con pacientes con enfermedades crónicas, como es el caso del Doctor Gabor Maté.

Maté apuesta por un enfoque holístico de la salud que incluye la atención a aspectos emocionales puesto que considera que el estrés crónico, las emociones no expresadas y los traumas pueden tener un impacto en la salud a lo largo del tiempo.

En otro post te hablé del síndrome de intestino irritable y su conexión emocional con los mandatos familiares. Puedes leerlo AQUÍ 

En este post vamos a profundizar, siguiendo un texto del Dr. Maté de su libro «Cuando el cuerpo dice NO«, en la conexión entre el estrés emocional y el síndrome de intestino irritable.

Síndrome de intestino irritable

Después de muchas visitas al médico y muchos análisis, a Patricia le diagnosticaron síndrome de intestino irritable, al que la terminología médica se refiere como un trastorno funcional. 

El término funcional hace referencia a una enfermedad en la que los síntomas no son explicables por medio de ninguna anomalía anatómica, patológica o bioquímica ni infección. 

Los médicos suelen lanzar miradas despectivas cuando se enfrentan a un paciente con síntomas funcionales, ya que la palabra funcional equivale, en código médico, a «está todo en su cabeza».

Hay algo de verdad en ello. El sufrimiento del paciente está parcialmente en su cabeza, pero NO en el sentido peyorativo y desdeñoso que implica la frase «está todo en su cabeza». 

El historial médico de Fiona y su experiencia en salas de urgencia son notablemente similares a los de Patricia. En 1989, a los veintipocos años, le extirparon la vesícula biliar, sin que ello solucionara sus dolores abdominales. 

—Desde entonces, he tenido dolor: un espasmo agudo y abrumador, un dolor que han analizado de todas las maneras posibles sin dar con una solución. De modo que me diagnosticaron síndrome de intestino irritable. No tengo problemas de diarrea o estreñimiento, solo dolor. El dolor está aquí arriba. 

—Eso no es exactamente síndrome de intestino irritable —apunta Maté. 

—Es lo que llevo diciéndoles a los médicos desde el principio. Primero lo llamaron colon irritable y después síndrome de intestino irritable. Fue un médico de Toronto quien lo diagnosticó. Me han hecho endoscopias, enema de bario, y han probado con tres o cuatro medicamentos. Las píldoras nunca me han solucionado nada. 

He pasado meses sin tener uno solo de estos ataques y de repente vuelven a aparecer. 

A veces duran dos minutos y otras me debilitan durante horas. Son dolores agudos y rotundos de tipo espasmódico. Me dejan sin aliento; un dolor muy intenso. Esos días lo paso bastante mal. 

Puede que el ataque dure una hora, pero a mí me parece un año. 

Aunque el dolor abdominal es un factor importante del síndrome de intestino irritable, según la definición actual del trastorno, el dolor no basta para el diagnóstico. Se considera que una persona tiene el síndrome cuando, ante la ausencia de otras patologías, sufre dolores abdominales junto con anomalías en el funcionamiento intestinal, como diarrea o estreñimiento.

Los síntomas pueden variar según la persona, e incluso en una misma persona ocasionalmente. 

 

Los hábitos intestinales alterados de Patricia, por ejemplo, no siguen un único patrón. «Va del estreñimiento a la diarrea. No hay punto intermedio. Puedo pasar días sin ir al baño, y cuando lo hago es con diarrea. A veces voy varias veces al día, y a veces puedo estar en el baño tres horas del tirón. La única constante es que no hay constante. A veces es explosivo, a veces no». 

Se cree que el síndrome de intestino irritable afecta al 17 % de la población del mundo industrializado y que es la razón más común de derivación a gastroenterólogos. 

Relación entre estrés, sistema nervioso y colon irritable

Cuando un médico no es capaz de casar la historia del paciente con los datos sólidos de técnicas de examen físicas o escaneaos, rayos X, análisis de sangre, endoscopias, biopsias o herramientas de electrodiagnóstico se despierta una desconfianza innata hacia el paciente.

En tales casos, el paciente ve cómo sus síntomas son desestimados por los médicos.

Y lo que es peor, puede que se vea acusado de buscar drogas, se le tache de neurótico, manipulador o de buscar atención. Los pacientes de síndrome de intestino irritable, al igual que las personas con el síndrome de fatiga crónica y fibromialgia, a menudo se encuentran en esa situación. 

El sistema nervioso y la evaluación del dolor

Investigaciones recientes confirman que la disfunción de estos trastornos no se encuentra únicamente en el intestino. También resulta crucial la manera en que el sistema nervioso advierte, evalúa e interpreta el dolor

En el dolor abdominal funcional, los mensajes fisiológicos del intestino se transmiten por medio del sistema nervioso y son recibidos por el cerebro de manera alterada. 

«Existe una nueva área de investigación para pacientes con estos trastornos —escribe el doctor Drossman—. 

Tras décadas estudiando en qué se distinguen los pacientes con síndrome de intestino irritable de las personas sanas en lo referente a su fisiología gastrointestinal, estamos empezando a observar diferencias en la fisiología cerebral». 

Un tipo de escáner conocido como tomografía por emisión de positrones (o PET, por sus siglas en inglés), mide la actividad de las distintas regiones cerebrales mediante el registro de variaciones en el flujo sanguíneo. 

Cuando un sujeto experimente distensión del recto, un escáner PET indicará qué parte del cerebro registra una respuesta. 

Ante una distensión rectal, o incluso ante su anticipación, los pacientes del síndrome de intestino irritable activaron la corteza prefrontal, un área que no se activó en los sujetos sanos.

La corteza prefrontal es la zona donde el cerebro almacena los recuerdos emocionales e interpreta los estímulos del presente, ya sean físicos o psicológicos, a la luz de experiencias pasadas, que pueden remontarse a la infancia. 

La activación de esta parte del cerebro significa que está teniendo lugar un acontecimiento emocionalmente importante.

En personas que han sufrido estrés crónico, la corteza prefrontal y estructuras relacionadas permanecen en un estado de hipervigilancia, al acecho de amenazas

La activación prefrontal no es una decisión consciente del individuo; más bien es resultado de la activación automática de vías nerviosas programadas hace mucho tiempo. 

Traumas vividos y respuesta nerviosa

¿Cuál es la causa de estas respuestas alteradas del sistema nervioso? 

La respuesta aparece cuando observamos no solo los órganos de las personas, sino también sus vidas. 

Hay una alta incidencia de maltrato entre los pacientes de enfermedades intestinales, especialmente en los del síndrome de intestino irritable y otros trastornos funcionales. 

En un estudio con mujeres realizado en 1990 en la clínica de gastroenterología de la Escuela de Medicina de Carolina del Norte, el 44 por ciento de las pacientes afirmaron haber sufrido algún tipo de agresión sexual o física. 

«Aquellas con un historial de maltrato mostraban un riesgo cuatro veces mayor de sufrir dolor pélvico y dos o tres veces mayor de presentar síntomas no abdominales (por ejemplo, dolores de cabeza, dolores de espalda o fatiga), además de requerir distintas cirugías a lo largo de sus vidas.

En una investigación más reciente en el mismo centro, dos tercios de las mujeres entrevistadas habían sufrido abuso de tipo físico o sexual, o ambos. 

De nuevo, las pacientes maltratadas eran más propensas a requerir varias cirugías, como operaciones de vesícula biliar, histerectomías y laparotomías. 

También experimentaban «más dolor, síntomas somáticos no gastrointestinales, días guardando cama, estrés psicológico e incapacidad funcional, comparadas con aquellas que no habían sufrido abusos sexuales» 

 

¿Cómo afecta el trauma a la percepción del dolor?

El sistema nervioso del intestino contiene unos cien millones de células nerviosas; ¡solo en el intestino delgado hay la misma cantidad que en toda la columna vertebral!

Estos nervios no se limitan a coordinar la digestión y absorción de comida y eliminar los desperdicios; también forman parte de nuestro aparato sensorial. 

El intestino responde a estímulos emocionales a través de contracciones musculares, cambios en el flujo sanguíneo y la secreción de multitud de sustancias biológicamente activas. 

Esta integración entre el cerebro y el intestino es esencial para la supervivencia.

Puede ser necesario, por ejemplo, trasladar sin previo aviso grandes volúmenes de sangre de los intestinos al corazón y los músculos de las extremidades. 

El intestino, a su vez, está abundantemente equipado con nervios sensoriales que trasladan información al cerebro. 

A diferencia de lo que se creía hasta hace poco, las fibras nerviosas que van de los intestinos al cerebro superan ampliamente en número a las que realizan el trayecto inverso. 

El cerebro traslada al intestino información de órganos sensoriales como los ojos, la piel o los oídos; más concretamente, lo que traslada al intestino es la interpretación que los centros emocionales del cerebro hacen de esa información. 

Los acontecimientos fisiológicos resultantes en el intestino refuerzan esa interpretación emocional. 

Las señales enviadas de vuelta al cerebro dan lugar a emociones viscerales que podemos interpretar de manera consciente. Si perdemos el contacto con las emociones viscerales, el mundo se vuelve menos seguro

Evidentemente, la vida no sería soportable si sintiéramos cada acontecimiento minúsculo que tiene lugar en nuestros cuerpos. 

La digestión, la respiración, el flujo sanguíneo a los órganos o extremidades y un sinfín de funciones más deben desarrollarse de manera inconsciente. 

Es necesaria la existencia de un umbral por debajo del cual el cerebro no registre sensaciones y acepte los estímulos como normales pero por encima del cual se ponga en alerta ante un potencial peligro interno o externo. 

En otras palabras, es necesario que exista un termostato bien calibrado para el dolor y otras sensaciones. 

Si el trauma es mayor, el umbral sensorial es menor

Cuando hay demasiadas experiencias «viscerales», el sistema neurológico puede volverse excesivamente sensible. 

Así, la conducción de dolor del intestino al cerebro a través de la médula espinal se ajustará en función de traumas psicológicos, y los nervios involucrados en el proceso se activarán ante estímulos más débiles. 

Cuanto mayor sea el trauma, menor será el umbral sensorial.

Niveles normales de gas en el lumen o cavidad intestinal y de tensión en sus paredes, por ejemplo, provocarán dolor en la persona sensibilizada. 

Al mismo tiempo, las áreas prefrontales de la corteza se encontrarán en un agudizado estado de vigilancia y responderán con molestia a procesos fisiológicos normales. 

Además del aumento del dolor, los pacientes del síndrome de intestino irritable muestran mayores niveles de ansiedad, agitación y fatiga durante la distensión rectal que las personas sanas. 

Si aumenta el estrés aumenta la percepción del dolor

En momentos de estrés emocional, la actividad de las regiones corticales amplifica la percepción de dolor. 

El doctor Lin Chang es profesor asociado en la Escuela de Medicina de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y codirector del Programa de Enfermedades Neuroentéricas de la UCLA/CURE. 

Ha resumido de la siguiente manera el conocimiento actual acerca del síndrome de intestino irritable:

«Tanto los estresores externos como internos contribuyen al desarrollo del síndrome de intestino irritable. Los estresores externos incluyen el maltrato durante la infancia y otras tensiones patológicas, que alteran la respuesta al estrés y hacen más vulnerable a un individuo predispuesto a desarrollar el síndrome

Más adelante, las infecciones, la cirugía, los antibióticos y estresores psicosociales pueden contribuir al inicio del síndrome y su exacerbación»

Es indudable que el estrés puede provocar contracciones en los intestinos. 

Las mujeres que han sufrido agresiones sexuales, por ejemplo, son propensas al estreñimiento cuando los músculos del suelo pélvico están crónicamente contraídos y se muestran incapaces de relajarse durante la defecación. 

Por otro lado, tal y como han experimentado personas que han sufrido un miedo terrible, el estrés puede provocar movimientos incontrolables en el colon. 

Lo que se ha descubierto sobre el síndrome de intestino irritable es aplicable a otras enfermedades intestinales. 

Reflujo gastroestofágio y estrés emocional

Además de este síndrome, Patricia sufre un ardor de estómago que parece desafiar las explicaciones médicas. Habla de ello con amargura. 

«Tengo un misterioso problema gastrointestinal que nunca me ha sido diagnosticado. Sufro acidez después de comer cosas totalmente insípidas. He tenido que eliminar de mi dieta todo lo que tenga sabor. »

No dejan de hacerme análisis y lo único que me dicen es que estoy bien […] Para ser más precisos, un análisis sí mostró una pequeña alteración, pero me dijeron que era totalmente desproporcionado respecto a lo que verdaderamente sentía. 

Me meten esa cosa por la nariz hasta el esófago y miden la cantidad de ácido. Había, dijeron, un poquito de ácido, pero no el suficiente para provocar el grado de dolor que siento.

»Llevo tomando pantoprazol tres o cuatro años. Se suponía que iba a eliminar el ácido por completo, y se supone que solo debía tomarlo durante seis semanas. También tomo Diovol o Gaviscon todos los días.

Sigo teniendo síntomas de acidez, pero no encuentran nada». 

El nombre médico para el molesto flujo crónico de ácido estomacal al esófago es enfermedad por reflujo gastroesofágico. 

En 1992, un grupo de investigadores estudiaron la relación entre los síntomas del reflujo y el estrés en sujetos a los que se les había diagnosticado la enfermedad. 

Si bien entre estos pacientes la percepción de ardor estomacal asociado al reflujo aumentaba notablemente durante el sometimiento a estímulos estresantes, las medidas objetivas de niveles de ácido permanecieron iguales entre un estímulo y otro. En otras palabras, el estrés disminuía el umbral del dolor.

Un especialista intestinal desconocedor de la neurofisiología o psicología del dolor que examine el esófago inferior de Patricia con un endoscopio seguramente le dirá con total sinceridad que el reflujo de ácido que observa es insuficiente para explicar el grado de su dolor. 

Y Patricia, con la misma sinceridad, podrá enfurecerse ante lo que ella percibiría como el insensible desprecio hacia un síntoma que es fuente diaria de intensa incomodidad en su vida. 

Esto no quiere decir que las personas con enfermedad por reflujo gastroesofágico no experimenten reflujos más frecuentes que otras personas. 

Seguramente lo hagan y, de nuevo, es problema tanto del intestino como del cerebro. 

 

¿Cómo pueden contribuir al reflujo la mente y el cerebro? 

Sucede por medio del nervio vago, que es el responsable del tono de los músculos del esfínter del esófago inferior. A su vez, la actividad del vago está influida por el hipotálamo. 

Este, como hemos visto, recibe información de los centros emocionales de la corteza susceptibles al estrés. 

De este modo, en la enfermedad por reflujo gastroesofágico, un umbral del dolor disminuido se combina con una relajación excesiva del esfínter; se trata, en ambos casos, de fenómenos potencialmente relacionados con el estrés

Estrés emocional crónico y dolor

La regulación a la baja del «termostato» de dolor del sistema nervioso no requiere de abusos o maltrato; el estrés emocional crónico es suficiente para reducir el umbral del dolor y provocar hipervigilancia en el cerebro. 

Si bien el maltrato sería una fuente importante de dicho estrés, existen otros estreses potenciales sobre el niño en desarrollo que son sutiles, menos visibles pero igualmente dañinos. 

Tales tensiones están presentes en muchas familias con padres que aman a sus hijos y a quienes les horrorizaría la idea de hacerles daño.

Las experiencias que afectan a la fisiología de la percepción del dolor y del funcionamiento intestinal pueden darse en niños que no recibieron ningún tipo de maltrato pero que aún así se sintieron vulnerables. 

 

El dolor: una señal del cuerpo cuando le estamos ignorando

El dolor intestinal es una de las señales que el cuerpo emplea para enviar mensajes que son difíciles de ignorar. Así, el dolor es también un modo de percepción. Fisiológicamente, las vías del dolor canalizan información que hemos evitado que nos llegue por vías más directas. 

El dolor es un poderoso modo secundario de percepción para alertarnos cuando nuestros modos primarios han sido desactivados. Nos proporciona información que ignoramos peligrosamente. 

 

Fiona tiene un miedo crónico a no ser aceptada tal y como es.

—A día de hoy, de adulta, creo honestamente que mi padre nunca quiso juzgarme intencionadamente, pero siempre estaba criticando y evaluándome. A los diecisiete años, le dije a una amiga de Calgary que ni siquiera había tenido un trabajo de verdad y que ya sentía que mi currículum no estaba a la altura del de mi hermana y mi hermano. 

Con papá siempre sentías que estabas elaborando un currículum en vez de hacer simplemente lo que te apetecía. 

—De niña, ¿no hablabas con tus padres cuando te encontrabas mal? —le pregunta Maté.  

 —Cuando me encontraba mal físicamente, sí. Emocionalmente, nunca. Nunca se me ha dado bien hablar de esas cosas. No sé por qué. Creo que es demasiado personal y privado. Hace cinco años no habría hablado contigo. 

En el momento de nuestra entrevista, los estreses inmediatos en la vida de Fiona provenían de su matrimonio.

Llevaba casada ocho años y tenía dos hijos. «Mi marido sufre depresión y ataques de pánico. Tiene momentos de mucha ansiedad; lleva así desde que lo conozco. Es un gran tipo y lo quiero mucho. Es una persona de buen corazón, pero ha sido agotador cuidar de él. He sido su madre. Tengo tres hijos: uno de treinta y nueve años, otro de seis y otros de dos». 

—Eres consciente de estos problemas. ¿Es posible que tus dolores sean reflejo de otra cosa a la que no le hayas prestado atención? 

En lugar de ver los dolores como un problema, quizá sean en realidad sentimientos que te están diciendo algo.

Cuando no prestas atención a las señales emocionales, tu cuerpo dice: «Muy bien, aquí tienes unas señales físicas». 

Si tampoco les prestas atención, te metes en un buen lío.

Una semana después de aquella conversación, Fiona me llamó y me reveló que su marido tenía un serio problema de drogadicción que ella llevaba ignorando mucho tiempo. Había reprimido su ansiedad y su ira con la esperanza pueril de que lo dejaría. 

A consecuencia de nuestra entrevista, empezó a replantearse la situación.

Patricia, que sufría del síndrome de intestino irritable y reflujo esofágico, tuvo un infancia emocionalmente difícil. Creció con la sensación no solo de ser inaceptable tal cual era, sino de haber sido indeseada desde el principio. «Sé que no fui deseada. No sé cuándo me di cuenta por primera vez, si de adolescente o de adulta. 

He pensado en cosas que me ha dicho mi madre, y me he dado cuenta de que las señales estuvieron ahí desde niña. No las supe ver. Lo único que sabía era que me sentía incómoda.

Siempre decía: “¿Sabes?, no creo que pertenezcas a esta familia. Creo que nos dieron al bebé equivocado”. 

Y me lo decía con una sonrisa en la cara. Pero, claro, mucha gente finge bromear cuando dice cosas en serio».

Los pacientes de intestino irritable son más propensos que otros a presentar síntomas en otras partes del cuerpo. 

Susceptibilidad  al dolor

La susceptibilidad al dolor —migrañas, por ejemplo— es un problema al que muchos pacientes del síndrome de intestino irritable son propensos, un hecho que podemos entender rápidamente si comprendemos el concepto de la sensibilización del sistema nervioso por experiencias estresantes. 

La percepción agudizada del dolor puede ser generalizada, como demuestra el historial médico de Patricia: además de síndrome de intestino irritable y reflujo esofágico, sufre otras enfermedades, como la cistitis intersticial y la fibromialgia.

En el estudio de Carolina del Norte que halló que una mayoría de mujeres con el síndrome del intestino irritable había sufrido abusos, también se descubrió que solo en el 17 % de los casos de abuso los médicos de las pacientes estaban al tanto de sus historias traumáticas.

La exclusión casi total de las historias personales del tratamiento médico de las enfermedades priva a los médicos de poderosas herramientas curativas. También los hace vulnerables a echarse a los brazos del último milagro farmacológico. 

Los médicos y pacientes no tienen por qué recurrir a los medicamentos cuando el impacto de factores psicológicos sobre una enfermedad ha quedado ampliamente demostrado.

Existen pruebas alentadoras de que incluso una mínima intervención psicológica puede ser beneficiosa: «En un estudio controlado de tratamiento cognitivo-conductual para pacientes de síndrome de intestino irritable, ocho sesiones de grupo de dos horas a lo largo de un periodo de tres meses provocaron un aumento del número de estrategias cognitivas y conductuales efectivas y la reducción simultánea de molestias abdominales. Además, la mejoría continuó en exámenes de seguimiento realizados dos años después» 

 

Fiona decidió tomarse en serio las advertencias de sus dolores abdominales y dejó a su marido cuando fue evidente que no estaba dispuesto a abandonar su adicción a las drogas.

Junto con sus dos hijos, se ha mudado a una nueva ciudad y ha pedido el divorcio. Ha dejado de sufrir dolores.

Reflexión y responsabilidad

En este viaje de exploración sobre la conexión entre el estrés y el síndrome de intestino irritable hemos podido ver cómo nuestras emociones, a menudo arraigadas en experiencias pasadas, llegan a manifestarse en síntomas físicos.

Lo que el cuerpo nos pide, bien sea desde la visión de la Biodescodificación o desde la medicina integrativa,, es responsabilidad.  Abordar el estrés de manera proactiva y a explorar caminos para recuperar el equilibrio interno.

 

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Referencias bibliográficas

Leserman, J., Drossman, D. A., Li, Z., Toomey, T. C., Nachman, G., & Glogau, L. (1996). Sexual and physical abuse history in gastroenterology practice: how types of abuse impact health status. Psychosomatic medicine, 58(1), 4-15.

Maté, G. (2021). Cuando el cuerpo dice no: la conexión entre el estrés y la enfermedad. Gaia.

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