Síndrome de colon irritable y transgeneracional

 

La represión de las emociones incrementa el riesgo de padecer enfermedades graves por la sencilla razón de que amplifica la exposición al estrés psicológico.

Así de contundente es el doctor Gabor Maté en su libro «Cuando el cuerpo dice NO«. 

Es un libro que recomiendo fervientemente. No es un libro de Biodescodificación propiamente dicho, pero se le aproxima.

En sus más de cuarenta años como médico, y contrastando con las últimas investigaciones científicas, el dr. Maté confirma la importancia de las relación cuerpo-mente en el desarrollo de trastornos  y enfermedades como la artritis, el cáncer la diabetes, o como vamos a ver aquí, el síndrome de colon irritable.

En este post traigo parte de un capítulo en el que habla de uno de los casos que él ha tratado de síndrome de intestino irritable. En este otro post te cuento la relación entre el estrés emocional y el síndrome de intestino irritable. PINCHA AQUÍ para leerlo. 

Y como te decía, él no practica la Biodescodificación ni analiza el transgeneracional como tal, pero como si lo hiciera 😉

Estrés y síndrome de intestino irritable

El estrés relacionado con los agudos dolores abdominales de Magda provenía de su trabajo en un hospital de Nueva York. 

El director de su laboratorio había dimitido recientemente y Magda no tenía una buena relación con su sustituta.

«La nueva jefa me la tuvo jurada desde el principio. 

En retrospectiva, creo que estuvo buscando maneras de librarse de mí desde el día que llegó. Se dio una situación extremadamente desagradable, tensa y triste en la que me encantaba mi trabajo pero odiaba el ambiente.

Trabajaba una cantidad increíble de horas. Entraba a las siete de la mañana. Normalmente salía a mi hora, las cuatro, en principio, a menos que hubiera algún tipo de reunión, cosa que pasaba bastante a menudo. 

Nunca paraba para comer. Nunca me tomaba un descanso. Me llevaba trabajo a casa; trabajaba los fines de semana. Nunca hice la cuenta, pero fueron muchas horas sin parar, con una presión tremenda y una política muy muy fea y un miedo terrible: no había mucha oferta de trabajo en mi campo, que era una especialidad moribunda. 

Nunca quise ser médica de cabecera y no quería volver y hacer otro año de residencia. Incluso con todo el dolor, me presentaba a las siete los lunes por la mañana y nunca me equivoqué, nunca. Nunca me puse enferma. 

No iba a darles una excusa para librarse de mí. No iban a poder encontrar nada mal hecho por mi parte. No sabía lo que iba a hacer con mi vida. Quería marcharme desesperadamente, pero no sabía lo que iba a hacer». 

Reparar el sufrimiento familiar a través de la profesión

Magda nació en un campamento de refugiados de Europa del este tras la Segunda Guerra Mundial.

Como hija de supervivientes polacos del Holocausto, quedó traumatizada secundariamente por su experiencia. 

Siempre ha llevado una pesada carga de culpa y responsabilidad por los sufrimientos de sus padres y las dificultades a las que siguieron enfrentándose. 

Su decisión de dedicarse a la medicina no se debió a sus propias inclinaciones, sino a las necesidades y expectativas que intuía en sus padres y a su preocupación por aliviar ansiedades que pudieran sentir en torno a la futura seguridad de su hija. 

«Si observas mis habilidades naturales, se me dan muy bien los idiomas y se me da muy bien explicar las cosas.

Nunca habría estudiado medicina si hubiera podido elegir libremente. De hecho, odiaba muchas cosas sobre la medicina, pero me lo tuve que negar a mí misma. 

Odiaba buena parte de las materias de estudio. Estuve a un milímetro de suspender anatomía. Fue una pesadilla absoluta.

No sabía cálculo. No se me daba bien la física. No tengo ese tipo de mente. Nunca se me dio bien el trabajo clínico.

¡No sé siquiera si he escuchado un soplo diastólico en toda mi vida! Sencillamente, no tengo ese tipo de habilidad. 

Creo que no he palpado nunca un bazo, solo fingía. Simplemente no eran cosas que se me dieran bien o hacia las que estuviera predispuesta.»

La fuerza de los mandatos familiares invisibles

Creía que ser médica era lo que quería.

Mis padres nunca me dijeron que debiera serlo, ni tampoco que no debía hacer otra cosa.

Lo que sí hicieron fue mencionar muchas veces lo bueno que era ser capaz de ayudar a otras personas, y cómo incluso los nazis necesitaron médicos.

Me decían también que podías ser tu propio jefe y que eso era muy agradable. Mis padres me lavaron el cerebro desde una edad muy temprana. 

Después me convertí en investigadora de laboratorio y no en una médica “normal” en el sentido que mis padres habían imaginado.

Mi madre nunca ha entendido del todo lo que hago ni ha estado realmente satisfecha. Lo que yo hago es como de segunda categoría. 

No le pongo el estetoscopio encima al paciente, ni escribo recetas, ni hago todas esas cosas que hacen los médicos de verdad. Simplemente observo muestras y láminas. No me lo dice a la cara, pero hasta cierto punto siempre ha estado decepcionada. 

Escuchar al cuerpo y sanar los vínculos familiares

Uno de esos días en los que Magda sufría en silencio sus dolores, se dio cuenta de que el tratamiento médico convencional tenía poco que ofrecerle.

Magda decidió ir a terapia y empezó a emerger su profunda ira hacia sus padres, reprimida desde la infancia.

Había cortocircuitado mi experiencia visceral de la ira; en el caso de mi padre, por haberme gritado mucho de niña. 

 Pero el problema más importante fue mi relación con mi madre.

Yo creía que era maravillosa y que éramos las mejores colegas; era mi amiga, mi apoyo y aliada, y la única que me escuchaba durante horas cuando volvía a casa del colegio, a la que me sentía más unida y la que me entendía.

Hicieron falta muchísimas sesiones para desvelar que, en realidad, aquella era una relación de baja calidad.

Con toda aquella protección, me hizo más débil.

Hizo que me sintiera bastante inepta socialmente y reservada, y no me ayudó a crecer y convertirme en mí misma. Me mantuvo —bienintencionadamente— muy inmadura.

Había más cosas: me contaba historias del Holocausto. A otros niños les contaban cuentos de hadas, y a mí me contaban historias del Holocausto […] muchas cosas inapropiadas.

—¿Sientes que fue inapropiado que te hablara de esas cosas?, pregunta el dr. Maté.

—Era inapropiado a los tres o cuatro años, que es cuando empezó a contármelas. Y no sé a qué edad fue, pero no recuerdo un tiempo en el que no escuchara las historias sobre cómo la familia entera estuvo a punto de ser fusilada por mi culpa cuando cruzamos la frontera para escapar de Polonia; sobre cómo yo lloraba con todos excepto con mi madre, pero como era demasiado pesada trastabilló, se cayó y yo acabé en el río, y para poder salvarme de ahogarme casi los fusilan, porque gritaron para pedir ayuda.  

Después se dislocó el hombro y no se le ha curado del todo desde entonces.»

Mis padres nunca dijeron que la vida hubiera sido más fácil sin una hija. 

Querían una hija, me querían. Pero aun así siempre tuve la sensación de que yo era un problema.

Dado el trauma que sus padres habían sufrido y las circunstancias que rodearon sus años de desarrollo, la elección de Magda de ignorar sus propias inclinaciones fue casi inevitable.

Aquella elección también la hizo peligrosamente vulnerable al estrés. 

El desencadenante del presente ayuda a sanar el pasado

El hecho de creerse atrapada en un trabajo en el que se sentía rechazada por su nueva jefa de laboratorio fue un detonante natural para los insoportables dolores abdominales que empezó a sufrir.

En aquella situación, le era tan imposible hacerse valer como en el hogar familiar de su infancia.

Tal y como acabó comprendiendo, el origen de su dolor estaba relacionado con su represión inconsciente de la ira.  

Las emociones viscerales son una parte importante del aparato sensorial del cuerpo y nos ayudan a evaluar el entorno y valorar si una situación es segura.

Estas emociones magnifican las percepciones que los centros emocionales del cerebro consideran importantes y transmiten a través del hipotálamo. 

El dolor nos proporciona información que queremos ignorar

El dolor intestinal es una de las señales que el cuerpo emplea para enviar mensajes que son difíciles de ignorar. Así, el dolor es también un modo de percepción.

Fisiológicamente, las vías del dolor canalizan información que hemos evitado que nos llegue por vías más directas. 

El dolor es un poderoso modo secundario de percepción para alertarnos cuando nuestros modos primarios han sido desactivados. Nos proporciona información que ignoramos peligrosamente. 

Liberar emociones reprimidas para reducir el malestar físico

Magda ha afrontado sus dolores abdominales debilitadores dando salida a su ira reprimida a través de la terapia. También ha encontrado una profesión más acorde con sus inclinaciones y personalidad.

«Lo de estar dolorida el 80 por ciento del tiempo desapareció hace mucho —dice—. En los últimos dos o tres meses, he experimentado incluso más mejoría.

Recientemente limpié la nevera de mi oficina, donde guardo una botella de Bentylol [un medicamento para aliviar los espasmos de los intestinos]. Sinceramente, no recuerdo cuándo lo tomé por última vez. Debió de ser hace unos cuantos meses».

La historia de Magda es un claro ejemplo de la influencia de los mandatos familiares, los traumas y las emociones reprimidas de todos ellos sobre un componente del clan.

Como dice el dr. Maté, el dolor es un mensajero, tiene una información que en la medida en la que es escuchada nos ayuda a evolucionar y transcender todo aquello que nos impide vivir la vida que deseamos.

Y sobre todo, nos ayuda a reducir el malestar.

Recuerda: la mente miente. El cuerpo no

 

Si quieres aprender cómo biodescodificar la rabia, pincha aquí

Y si quieres aprender más sobre el estudio del Transgeneracional, tienes mucho que leer: puedes empezar leyendo este post en el que te doy sencillas claves para comenzar el estudio de tu árbol genealógico AQUÍ

O este post en el que te cuento cómo sanar el transgeneracional desde el AMOR AQUÍ

 

 

 

 

Referencia bibliográfica

Maté, G. (2021). Cuando el cuerpo dice no: la conexión entre el estrés y la enfermedad. Gaia.

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