Entre las enfermedades reumáticas más habituales se encuentran la artritis reumatoide, la esclerodermia, la espondiloartritis anquilosante y el lupus eritematoso sistémico (LES).
En estas enfermedades, y en otras muchas, un sistema inmunitario alterado reacciona contra los propios tejidos del cuerpo, en particular contra tejidos conectivos, como el cartílago, la vaina sinovial, el revestimiento de las articulaciones y las paredes de los vasos sanguíneos.
Estas enfermedades se caracterizan por varios patrones de inflamación que atacan a las articulaciones de las extremidades o la columna vertebral, a tejidos superficiales como la piel o el revestimiento de los ojos, o a órganos internos como el corazón, los pulmones o —en el caso del LES— incluso el cerebro.
Pero si hablamos de los rasgos psicológicos o emocionales, en las investigaciones psicológicas sobre personas con enfermedades reumatoides se han identificado el perfeccionismo, el miedo a los propios impulsos provocados por la ira, la negación de la hostilidad y fuertes sentimientos de incompetencia.
Contenido
Este texto es un extracto del libro de Gabor Maté «Cuando el cuerpo dice NO: La conexión entre el estrés y la enfermedad.»
Características psicológicas y emocionales de personas con enfermedades del sistema inmune
Muchas personas con enfermedades reumatoides muestran un estoicismo llevado al extremo, un rechazo profundo a buscar ayuda.
A menudo soportan en silencio un malestar insufrible, evitan expresar sus quejas lo suficientemente alto para que sean escuchadas o son reacios a la idea de tomar medicamentos para aliviar los síntomas.
Un exhaustivo estudio médico-psiquiátrico entre personas con artritis reumatoide dirigido por la división de Maryland de la Arthritis and Rheumatism Foundation en1969 concluyó que «a pesar de la heterogeneidad del grupo, las características psicológicas, vulnerabilidades y conflictos vitales de los pacientes eran notablemente similares».
Autosuficiencia como recurso de supervivencia
Una de las características comunes que encontraron fue una hiperindependencia compensatoria.
Este término se refiere a un patrón de comportamiento en el que una persona busca ser extremadamente autosuficiente y autónoma para compensar experiencias pasadas de dependencia, vulnerabilidad o abandono.
Este tipo de comportamiento puede surgir como una estrategia de protección emocional, donde la persona se esfuerza por evitar cualquier situación que pueda hacerla sentir vulnerable o dependiente de otros.
Represión de la ira para sobrevivir
Otra característica común que hallaron entre personas con enfermedades reumatoide fue la represión de la ira. Este mecanismo psicológico se origina en la infancia.
El niño enojado experimenta rechazo de sus padres. En consecuencia (y por supervivencia), desvía la ira y el rechazo internamente contra sí mismo para poder mantener el vínculo con los padres.
Esto, a su vez, conduce a los «fuertes sentimientos de incompetencia y un pobre concepto de uno mismo».
«Es frecuente que la ira sea dirigida lejos de la figura de apego que la provocó y se dirija en cambio contra el yo. El resultado es una autocrítica inapropiada»
Ataque a uno mismo = enfermedad autoinmune
Se ha demostrado que en las enfermedades autoinmunes, las defensas del cuerpo se vuelven contra el yo.
En el organismo de un individuo, la rebelión física resulta de una confusión inmunológica idéntica a la confusión psicológica inconsciente entre el yo y el no-yo.
Cuando se da este desbarajuste de los límites, las células inmunitarias atacan al cuerpo como si este fuera una sustancia extraña, del mismo modo que el ser psíquico es atacado por reproches e ira dirigidos hacia el interior.
Dicha confusión es un reflejo de una serie de disrupciones de los mecanismos interconectados de cuerpo y mente en el seno del supersistema emocional-nervioso-inmunitario-hormonal, al que hemos llamado sistema PNIE (psico-neuro-inmuno-endocrino).
Las emociones imitan y completan con precisión a los otros componentes de la red PNIE: al igual que los sistemas inmunitario y nervioso, las emociones protegen al organismo de amenazas exteriores; al igual que el sistema nervioso y las hormonas, aseguran la satisfacción de apetitos y necesidades indispensables, y, al igual que todos estos sistemas juntos, ayudan a mantener y reparar el medio interno.
Las emociones —miedo, ira, tristeza— son tan necesarias para la supervivencia del organismo como los impulsos nerviosos, las células inmunitarias o la actividad hormonal.
En los comienzos del proceso evolutivo, las respuestas primitivas de atracción o repulsión se volvieron esenciales para la vida y la reproducción de los seres vivos. Las emociones, y las células y tejidos físicos que las hacen posibles, evolucionaron como parte integral del aparato de supervivencia.
El hecho de que las emociones provoquen cambios en la actividad inmunitaria no es más que la otra cara de una misma moneda.
Para ilustrar los cometidos protectores paralelos y complementarios del sistema emocional y el aparato inmunitario, podemos comparar el papel de las células inmunitarias con el de una emoción como la ira, por ejemplo.
La ira sirve para mantenerse con vida
En el mundo animal, la ira no es una «emoción negativa». Un animal siente ira cuando alguna necesidad esencial se ve amenazada o frustrada. Aunque los animales carecen de conocimiento consciente de los fenómenos emocionales, sí sienten emoción y experimentan los cambios fisiológicos propios de la Emoción I. Y, por supuesto, manifiestan los comportamientos clasificados como Emoción II.
El cometido específico de los cambios biológicos asociados a la Emoción I es preparar a la criatura para dar una respuesta de lucha o huida, pero dado que ambas requieren grandes dosis de energía y conllevan el riesgo de lesión o muerte, las muestras de la Emoción II desarrollan una función intermediaria crucial: a menudo resuelven el conflicto sin necesidad de que los participantes resulten heridos.
Un animal arrinconado se encara con su perseguidor y muestra una ira feroz. La ira puede salvarle la vida, bien intimidando al cazador o bien permitiendo a la presa resistirse exitosamente.
La ira también aparece en un animal cuando un extraño de la misma especie, ajeno a la familia, manada o tropa, se adentra en su territorio. Si ambas criaturas entablaran inmediatamente una batalla física en torno al territorio disputado, uno o ambos probablemente resultarían heridos.
La naturaleza proporciona una solución incitando a ambos a elaborar muestras de ira: exhibición de dientes, movimientos corporales amenazadores, sonidos amenazantes. La muestra más convincente a menudo sale victoriosa, evitando daños a ambos contendientes.
Límites de supervivencia
Para emplear la ira adecuadamente, el organismo debe distinguir entre una amenaza y lo que no lo es. La distinción fundamental necesaria es entre el yo y el no-yo.
Si no sé dónde empiezan y acaban mis propios límites, no puedo saber cuándo algo potencialmente peligroso los está sobrepasando. La distinción entre lo familiar y lo extraño, y lo que es benigno o potencialmente dañino, requiere de una precisa valoración del yo y el no-yo.
La ira representa tanto un reconocimiento de lo extraño y peligroso como una respuesta a ello.
Del mismo modo, la primera tarea esencial del sistema inmunitario es distinguir entre el yo y el no-yo. Así, también la inmunidad comienza con el reconocimiento. El reconocimiento es una función sensorial llevada a cabo en el sistema nervioso por los órganos sensoriales. Podemos afirmar con seguridad que el sistema inmunitario es también un órgano sensorial.
Cualquier fallo del sistema inmunitario en su tarea de reconocimiento nos expondría al mismo peligro que la merma de nuestros sentidos de la vista, oído, tacto o gusto.
El sistema inmunitario también debe tener memoria: necesita recordar qué partes del mundo exterior son benignas y fortalecedoras, cuáles son neutrales y cuáles con potencialmente tóxicas.
Bajo los ojos atentos del padre, el bebé y el niño pequeño exploran el medio y aprenden lo que es comestible y lo que no, lo que es cómodo o fuente de dolor, lo que es peligroso o seguro. La información adquirida se almacena en los bancos de memoria del cerebro en desarrollo.
La inmunidad también es una cuestión de aprendizaje.
La memoria se almacena en las células del sistema inmunitario programadas para recordar instantáneamente cualquier amenaza a la que se haya enfrentado antes. Y del mismo modo que el sistema nervioso debe retener su capacidad de aprendizaje a lo largo de la vida, así también el sistema inmunitario posee la capacidad de desarrollar nuevos «recuerdos» mediante la creación de clones de células inmunitarias específicamente entrenadas para reconocer cualquier nueva amenaza.
Con las células inmunitarias que se hallan en el flujo sanguíneo y en todos los tejidos y zonas del cuerpo, podríamos pensar en el sistema inmunitario como un «cerebro flotante» equipado para detectar elementos extraños (el no-yo).
El aparato sensorial —los ojos, los oídos y las papilas gustativas— que sirve a este «cerebro flotante» son una serie de receptores localizados en la superficie de las células inmunitarias, configuradas para distinguir lo benigno de lo nocivo. El yo es identificado por medio de autoantígenos, moléculas que los receptores inmunitarios reconocen infaliblemente, localizadas en las membranas de las células normales del cuerpo.
Inmunidad y emoción
Lo que es importante comprender aquí son las funciones compartidas de inmunidad y emoción:
- en primer lugar, la «conciencia» del yo acompañada de una conciencia del no ser;
- en segundo lugar, la apreciación de aportaciones enriquecedoras y el reconocimiento de amenazas; y,
- la aceptación de influencias vigorizantes y la capacidad de limitar o eliminar el peligro.
Cuando nuestra capacidad psicológica para distinguir entre el yo y el no-yo se desactiva, esta alteración se extiende también a nuestra fisiología.
La ira reprimida provocará, a su vez, una inmunidad alterada.
Patrones emocionales asociados a enfermedades crónicas
La incapacidad de procesar y expresar sentimientos de manera efectiva y la tendencia a atender las necesidades de los demás antes que considerar las nuestras son patrones comunes en personas que desarrollan enfermedades crónicas.
Estos estilos de afrontamiento representan un emborronamiento de los límites, una confusión del yo y el no-yo a nivel fisiológico.
La desactivación del sistema inmunitario mediante el estrés crónico puede tener el mismo efecto.
La relación entre la autosupresión (reprimir o contener conscientemente ciertos pensamientos, emociones o impulsos dentro de uno mismo) y la rebelión inmunitaria quedó ilustrada en un estudio de 1965 entre parientes sanos de mujeres que sufrían artritis reumatoide. Normalmente, los anticuerpos son producidos únicamente en respuesta a la invasión de microbios o moléculas extrañas potencialmente dañinas.
Una de las señas de identidad de la artritis reumatoide es el hallazgo de un anticuerpo dirigido contra el propio cuerpo por un sistema inmunitario confuso. Se lo denomina factor reumatoide, o FR. Este se encuentra en más del 70 por ciento de los pacientes de artritis reumatoide y puede estar presente también en personas que no padecen la enfermedad.
El propósito de esta investigación en particular fue averiguar si ciertas características personales estaban asociadas a la presencia del anticuerpo, incluso ante la ausencia de la enfermedad.
En el estudio fueron incluidas treinta y seis mujeres adultas o adolescentes, ninguna de las cuales padecía una enfermedad reumática. Entre los sujetos, catorce poseían el anticuerpo FR.
Represión emocional y complacencia asociados a enfermedad reumática
Comparadas con las mujeres sin el anticuerpo, los miembros del grupo que dio positivo en FR obtuvieron puntuaciones significativamente superiores en escalas psicológicas que reflejaban la inhibición de la ira y preocupación por la aceptación social de sus comportamientos.
También puntuaron más alto en una escala que indicaba rasgos como la «complacencia, timidez, meticulosidad, religiosidad y moralismo».
La presencia del anticuerpo en estos sujetos sugiere que la represión emocional ya había detonado una reacción inmunitaria contra el cuerpo, si bien no hasta el punto de la enfermedad clínica. Sería probable que, de producirse más acontecimientos estresantes en las vidas de estas mujeres, se originara una profundización de la rebelión inmunitaria, una activación de la inflamación y el comienzo de una enfermedad.
«Las perturbaciones emocionales añadidas al factor reumatoide pueden llevar a enfermedades reumatoides», concluyeron los investigadores.
También es posible desarrollar artritis reumatoide sin poseer el anticuerpo FR. Sería de esperar que en esos casos el grado de estrés necesario fuera mayor, que es precisamente lo que se descubrió en otro estudio 10. Un repaso a la literatura existente en 1987 concluyó que «el peso de la evidencia de una serie de estudios indica firmemente que el estrés psicológico desempeña un papel en la inducción, exacerbación y efectuación en el desarrollo final de la artritis reumatoide»
Caso real: artritis reumatoide
Además de trabajar y llevar la casa, Gila también sentía que debía mantener el jardín y el patio trasero inmaculados.
Su casa estaba situada entre las de dos parejas de jubilados que cuidaban meticulosamente de sus jardines, y a ella le preocupaba que su casa perdiera valor si desatendía su jardín.
«Sí, impecable. Cortaban el césped todas las semanas. Así que yo también lo cortaba semanalmente». También quería que sus hijos pudieran optar a cosas de las que ella no había podido disfrutar. Los fines de semana los llevaba a clases de piano, canto, ballet, a danzas regionales, eventos deportivos, etcétera.
Gila hacía todo esto sin ninguna ayuda de su marido y, mientras tanto, trabajaba en la oficina de correos en el turno de tarde, desde las 16:30 hasta la una de la mañana.
Durante años durmió unas cuatro horas cada noche.
«Cuando contraje la artritis reumatoide, mi fisioterapeuta me dijo: “Cuando sientas dolor, debes parar. Tienes que descansar, porque eso significa que tu cuerpo te está diciendo que pares”.
Así que eso es lo que hago. Lo que pasa es que no trabajo en casa tan bien como antes. Antes podía pasar la aspiradora cada dos días, o incluso dos veces al día. Ahora es mi marido quien lo hace, porque yo ya no puedo. Y no estoy contenta con la manera en que pasa la aspiradora. A veces la vuelvo a pasar después de que lo haya hecho él, aunque no se lo digo. Simplemente remato. Mi casa no está tan limpia ni tan ordenada como antes».
Gila creció en Filipinas, en medio de circunstancias que el lector ya habrá adivinado. Era la mayor de ocho hermanos y fue la cuidadora de todos ellos. Sus padres la criticaban sin piedad.
Maltrato y perfeccionismo
Siempre que algo iba mal, le daban un azote. «Tenía asma y siempre que me pegaban me daban ataques de asma.
Y siempre que me daba asma, mi madre decía: “Ese es el castigo de Dios por haber sido mala. Por no haber hecho tu trabajo sin rechistar”. Así que intentaba hacerlo todo. No era mala a propósito.
Lo hacía lo mejor que podía, y seguían castigándome cuando me olvidaba de hacer algo. Y a veces no podía hacerlo de la manera que ella quería. Ella también es una perfeccionista».
El marido de Gila le pegaba en los primeros años de su matrimonio. Después, el maltrato se convirtió en indiferencia emocional, pero sigue siendo enfermizamente celoso y controlador.
A pesar de que algunos fisioterapeutas sacaron a relucir los asuntos del estrés en su trabajo con Gila, ninguno de los médicos que han tratado su artritis reumatoide han preguntado jamás por su vida personal o emocional.
Tras desarrollar su enfermedad, Gila supo que debía empezar a hacer terapia psicológica. Entendió que su enfermedad, por inoportuna que fuera, estaba quizá intentando enseñarle algo.
El sistema médico, sin embargo, era incapaz de ayudarla. A petición propia, Gila fue derivada a un psiquiatra. «Me dijo que no debía estar tan molesta, que debía tratar a mi marido como si fuera mi hijo mayor. No volví. No quería un tercer hijo. Quería un marido».
En las mujeres con artritis reumatoide, el sistema inmunitario ha mostrado mayores anomalías durante periodos de estrés, pero aquellas que disfrutan de mejores relaciones conyugales se libran de exacerbaciones de la enfermedad como la inflamación y el dolor.
Otro estudio halló que el aumento del estrés en la pareja estaba asociado al aumento de inflamación de las articulaciones. Tales resultados no deben sorprendernos. Recordemos que el estrés es una respuesta a la percepción de una amenaza.
En otras palabras, los brotes de la enfermedad obligan a evitar interacciones estresantes. El cuerpo dice no.
¿Qué te ha parecido este texto? ¿Te resuena?
Si te reconoces en esos patrones de represión de la rabia y la ira, y puesto que en esta casa practicamos la Biodescodificación 🙂 te invito a que eches un vistazo a este post: ¿Cómo biodescodificar la rabia?
Bibliografía
Maté, G. (2020). Cuando el cuerpo dice NO: La conexión entre el estrés y la enfermedad. Gaia

Soy María Pilar Sánchez, graduada en psicología, especializada en psicosomática y biodescodificación, y autora de 4 libros. Tras superar la fibromialgia y el síndrome de fatiga crónica, hoy acompaño a otras personas a comprender el origen emocional de sus síntomas y bloqueos para recuperar claridad, equilibrio y bienestar.





MaraVILLOSO artículo, muy descriptivo informativo, ejemplificante y sanador.
Yo tengo años con artritis reumatoide y tu artículo está perfecto, para darme cuenta de lo que me sucede. «gila», Es mi otro yo , me identifico al 100%.
Gracias María pilar.
Muchas gracias por tus palabras, Cecilia
El primer paso, y absolutamente necesario, es darnos cuenta de que nos hemos olvidado de nosotras mismas. A partir de ahí, a nuestro ritmo, tenemos que recuperar la coherencia, el amor propio y observar cómo nuestro cuerpo nos lo agradece y se calma.
Un abrazo