La anorexia nerviosa, al igual que la bulimia, forma parte de los trastornos de la conducta alimentaria y es uno de los principales problemas relacionados con la alimentación. Una de las características de la anorexia nerviosa es que la persona afectada rechaza ingerir comida a pesar de que eso suponga poner en riesgo su salud.
La anorexia no solo afecta al cuerpo, sino que también es una manifestación de conflictos internos, emociones reprimidas y necesidades no satisfechas.
El cuerpo se convierte en el campo de batalla donde se manifiestan estas luchas internas, y la negación del alimento simboliza la negación de las necesidades emocionales y la dificultad para encontrar el propio lugar en el mundo.
En este post voy a mostrarte qué conflictos emocionales se asocian habitualmente con la anorexia nerviosa y voy a utilizar también el relato de un caso real que la psicoanalista y psicóloga Alice Miller expone en su libro El cuerpo nunca miente que es muy representativo.
Contenido
El alimento real y afectivo de una madre
La conexión simbólica entre el alimento afectivo y el alimento real que nos proporciona nuestra madre desde que nacemos se basa en la relación profunda que existe entre la nutrición física y la nutrición emocional.
Desde el momento del nacimiento, la madre proporciona el alimento real a su bebé ya sea a través de la lactancia o de la leche de fórmula.
Pero el acto de alimentar no se limita solo a la provisión de nutrientes. También es una experiencia profundamente emocional y afectiva tanto para la madre como para el bebé.
El contacto físico cercano, el calor, y el consuelo que proporciona la madre, crean un vínculo afectivo crucial. Este «alimento afectivo» satisface las necesidades emocionales del bebé, aportándole seguridad, amor, y un sentido de protección y pertenencia.
Conexión simbólica
Como explica Alice Miller: «los actuales investigadores del cerebro saben desde hace unos cuantos años que la carencia de un lazo apropiado y seguro con la madre desde los primeros meses de vida hasta los tres años deja huellas decisivas en el cerebro y ocasiona serios trastornos.»
Vinculación y seguridad entre madre e hija
El alimento real y el alimento afectivo están simbólicamente conectados a través del acto de alimentar.
La leche no solo nutre al bebé, sino que el acto de amamantar también nutre su alma.
El bebé asocia el acto de alimentarse con la presencia amorosa y tranquilizadora de su madre, estableciendo una sensación de seguridad y confianza que es esencial para su desarrollo emocional.
Desarrollo del apego
El apego seguro que se desarrolla durante estos primeros momentos de alimentación influye en la capacidad de la persona para establecer relaciones saludables en el futuro.
John Bowlby, un psiquiatra y psicoanalista británico, desarrolló la teoría del apego para explicar cómo los niños desarrollan vínculos emocionales que determinan su posterior desarrollo psicológico y social.
El apego seguro se refiere a un tipo de vínculo emocional estable y confiable entre un niño y su cuidador principal.
Un niño con un apego seguro utiliza a su cuidador como una base segura desde la cual puede explorar el mundo. Sabe que puede regresar a su cuidador para recibir consuelo y protección cuando se sienta amenazado o inseguro.
Por lo tanto, la nutrición afectiva que acompaña a la nutrición física crea las bases para un apego seguro con el que desarrollar la autoestima, la resiliencia emocional, y la capacidad de manejar el estrés y las emociones en etapas posteriores de la vida.
Comunicación y conexión
La interacción durante el acto de alimentar al bebé también es una forma temprana de comunicación.
Las miradas, los sonidos, y las caricias intercambiadas durante este tiempo fortalecen el vínculo emocional y promueven el desarrollo de habilidades de comunicación y comprensión emocional en el bebé.
Dice Miller:
«Un hijo desea en la primera fase de la vida una comunicación emocional auténtica, sin mentiras, sin falsas «preocupaciones», sin sentimientos de culpa, sin reproches, sin advertencias, sin temor, sin proyecciones.
Cuando esa comunicación nunca ha tenido lugar, cuando al niño se le ha alimentado con mentiras, cuando las palabras y los gestos han servido únicamente para velar la negativa, el odio, la repugnancia y la aversión del niño, entonces éste se resiste a crecer con este «alimento», lo rechaza y luego puede volverse anoréxico, sin saber cuál es el alimento que necesita.
No lo ha conocido; por lo tanto, no sabe que existe.»
Anorexia: conflictos emocionales entre madre e hija
Continúa Alice Miller:
«Ciertamente, el adulto puede tener una vaga idea de la existencia del alimento que desea, y es posible que empiece a darse atracones y a engullir de todo, sin criterio alguno, buscando aquello que necesita pero no conoce.
Entonces se convierte en un obeso, en un bulímico. No quiere renunciar, quiere comer, comer sin parar, sin límite. Pero dado que, al igual que el anoréxico, no sabe lo que necesita, nunca se sacia.
Quiere ser libre, poder comer cuanto quiera y eximirse de toda obligación, pero acaba viviendo supeditado a sus orgías alimentarias.
Para librarse de ellas necesitaría comunicarle sus sentimientos a alguien, vivir la experiencia de ser escuchado, comprendido y tomado en serio, de no tener que esconderse más. Sólo entonces sabrá que éste es el alimento que ha estado buscando durante toda su vida: la comunicación afectiva y sincera»
Biodescodificación de la anorexia
El sentido biológico de la anorexia, es decir, el para qué una persona deja de alimentarse, está relacionado con evitar la ingesta de alimentos para impedir la intoxicación o la muerte por alimentos dañinos.
Aquí hay que prestar mucha atención a lo simbólico, al arquetipo materno y a lo que hemos explicado más arriba. No se rechaza directamente el plato con comida que ha preparado mamá.
Se rechaza la carga afectiva con la que mamá prepara la comida, llama por teléfono o hace un comentario sobre la ropa, por ejemplo. Se evita el contacto emocional con la persona que le ha dado un alimento real y afectivo desde que nació por sentir que lo que se recibe es tóxico.
Y de ahí que surja un conflicto de identidad en la persona con anorexia: lucha por definir quién es y cuál es su lugar en el mundo. La extrema delgadez puede simbolizar un rechazo del rol asignado dentro de esa familia.
El enfoque de la Biodescodificación ayuda a abordar las causas emocionales profundas de la anorexia y así facilitar una recuperación más completa y duradera, complementando los tratamientos médicos y psicológicos.
Aquí te explico cuáles son los pasos básicos a dar en un proceso de Biodescodificación aunque en el caso de una persona con anorexia, lo ideal es un acompañamiento con un terapeuta profesional en Biodescodificación, sin dejar de lado el tratamiento médico.
Relato de una enferma de anorexia
El relato de Anita Fink, diagnosticada de anorexia nerviosa e internada en un hospital para tratar su enfermedad, es el que nos muestra Miller y en el que podemos observar cuál es la realidad no dicha que se manifiesta a través de la anorexia.
«Nadie quiere escucharme.
Y el simpático del psiquiatra finge que escucharme es el objetivo de su visita, pero me da la impresión de que sus objetivos son otros muy distintos, lo veo claramente en su manera de animarme, de quererme animar a vivir (¿cómo se anima a eso?), de explicarme que aquí todos quieren ayudarme, que seguro que mi enfermedad remitirá cuando gane confianza; que sí, que estoy enferma porque no confío en nadie, pero que aquí aprenderé a hacerlo.
Entonces el hombre mira qué hora es y supongo que piensa lo bien que podrá disertar sobre este caso en el seminario de esta noche, diciendo que ha encontrado la clave de la anorexia: la confianza.
¡Qué tonto!
¿Qué pretendes conseguir predicando la confianza?
Todo el mundo me habla de confianza, pero ¡no la merecen! Y tú finges que me escuchas, pero lo único que quieres es impresionarme, quieres gustarme, deslumbrarme, que te admire y, por las noches, encima hacer un buen negocio a mi costa, y explicarles a tus colegas del seminario la habilidad con la que has logrado que una mujer inteligente gane confianza.
¡Qué tío tan engreído! Por fin he descubierto tu juego, a mí no vuelves a colármela; no es gracias a ti por lo que estoy mejor, sino gracias a Nina, la mujer de la limpieza portuguesa, que a veces se ha quedado conmigo por las noches y me ha escuchado de verdad, que se indignó con mi familia antes de que yo misma me atreviese a hacerlo, posibilitando así mi propia indignación.
Gracias a las reacciones que en Nina provocó lo que yo le conté, empecé a sentir y a darme cuenta de la frialdad y la soledad en las que he crecido, totalmente aislada.
¿De dónde saco entonces la confianza? Las conversaciones con Nina me abrieron primero el apetito, empecé a comer y experimenté que la vida tenía algo que ofrecerme: una comunicación auténtica, algo que siempre había anhelado.
Porque me obligaban a comer cosas que no quería; eso, la frialdad, la estupidez y el miedo de mi madre, no era comida.
Mi anorexia nerviosa fue la huida de esos supuestos alimentos emponzoñados, me salvó la vida, mi necesidad de calor, comprensión, diálogo e intercambio. Nina no es la única.
Ahora sé que existe, que eso que busco existe, aunque durante tanto tiempo no me hayan dejado saberlo. Antes de tener contacto con Nina, no sabía que había más gente aparte de vosotros, mi familia y la escuela. Todos me parecían tan normales e inaccesibles… Todos me encontraban rara, ninguno me entendía.
Para Nina no era nada rara. Para ella no soy extranjera, aunque ella creció en Portugal y yo en Alemania. ¿Verdad que es raro? Y aquí, en mi país, me siento como una extranjera, a veces incluso como una leprosa, sólo porque no quiero ser, ni seré, como tenéis planeado que sea.
Lo he demostrado con la anorexia. Mirad qué aspecto tengo. ¿Os da asco verme? Mejor, así os daréis cuenta de que hay algo en mí o en vosotros que no funciona. Apartáis la vista, me tomáis por loca.
Y es verdad que eso duele, pero es mejor que ser uno de vosotros.
En cierto modo, sí que estoy loca, me habéis apartado de vosotros porque me niego a amoldarme a lo que decís y a traicionar mi ser.
Quiero saber quién soy, para qué he venido al mundo, por qué en esta época, por qué en el sur de Alemania y con estos padres, que no me entienden en absoluto ni me aceptan.
¿Para qué estoy, pues, en este mundo? ¿Qué hago aquí? Estoy contenta porque desde mis conversaciones con Nina ya no tengo que ocultar todas estas preguntas detrás de la anorexia.
Quiero buscar un camino que me facilite encontrar respuestas a mis preguntas y vivir como yo quiera.
[Aquí se observa claramente el conflicto de identidad de Anita que no sabe quién es realmente y cuál es el sentido de su vida]
Buscando la independencia emocional
Me han dado el alta porque ya he alcanzado el peso mínimo.
Tengo que buscarme una habitación en algún piso, no quiero quedarme en casa. Mamá está preocupada, como siempre.
Toda su vitalidad la invierte únicamente en su preocupación por mí, cosa que me altera los nervios. Si sigue haciendo esto, temo no poder volver a comer, porque el modo en que me habla me quita el hambre.
Noto su miedo, y me gustaría ayudarla, me gustaría comer para que no tuviese miedo de que yo adelgace otra vez, pero ya no aguanto más esta comedia. No quiero comer para que mi madre no tenga miedo de que yo adelgace.
Quiero que comer sea un placer para mí. Pero el modo en que me trata me quita la alegría. Al igual que me quita otras alegrías de manera sistemática.
Me da la impresión de que tengo que regular y limitar mi vida para que mi madre no alucine, para que ella esté bien y para que yo, al fin, deje de existir. ¿Qué sería eso sino una anorexia anímica? Adelgazar psíquicamente hasta que no quede nada de ti misma, para que tu madre se calme y no tenga miedo.
(…)
Ya he alquilado una habitación.
Aún me sorprende que mis padres me hayan dejado hacerlo. Se opusieron, pero con ayuda de la tía Anna lo han aceptado. Al principio era muy feliz porque por fin tenía tranquilidad, porque mamá no estaba todo el rato controlándome y podía organizarme los días yo sola. Me sentía realmente feliz, pero no duró mucho. De repente no soportaba la soledad, y la indiferencia de la dueña de la casa se me hacía más difícil de aguantar que la tutela constante de mamá.
Después de llorar he encontrado la solución: quiero que me escuchéis, que me toméis en serio, que paréis de darme siempre consejos, de criticarme y de censurarme.
Me gustaría sentirme a vuestro lado tan libre como me sentía con Nina. Ella nunca me dijo que no sabía lo que quería. Y, además, en su presencia yo sí que lo sabía. Pero vuestra forma de aconsejarme me intimida, bloquea mis conocimientos. Entonces ya no sé cómo tengo que hablar ni cómo tengo que ser para que estéis contentos conmigo, para que podáis quererme. Pese a todo, si me salieran bien todos estos malabarismos, ¿sería amor lo que obtendría?
Necesidad de alimentarse y relacionarse
No quiero ser como queréis que sea.
Pero no tengo el valor de ser como me gustaría ser, porque sigo sufriendo con vuestras censuras y mi aislamiento. Y si quiero gustaros, ¿acaso no estaré sola? Porque entonces me traicionaré a mí misma.
Cuando mamá estuvo enferma hace un par de semanas y necesitó mi ayuda, casi me alegré de tener una excusa para ir a casa. Pero enseguida se me hizo insoportable la forma en que se preocupa por mí. Yo no tengo la culpa de notar siempre la hipocresía.
Mamá argumenta que se preocupa por mí y con ello se vuelve imprescindible. Me entran tentaciones de creer que me quiere, pero, si me quisiera, ¿no notaría yo su amor?
No es que yo sea perversa, me doy cuenta de que alguien me quiere, de que me deja hablar y se interesa por lo que le digo.
Pero con mamá lo único que siento es que quiere que cuide de ella y la quiera. Y encima pretende que me crea lo contrario. ¡Eso sí que es chantaje! A lo mejor ya lo percibí de pequeña, pero no podía decirlo, no sabía cómo. Ahora sí lo sé.
Por otra parte, me da pena, porque también ella está hambrienta de relaciones. Pero se da aún menos cuenta de esto que yo, y lo puede demostrar menos que yo.
Está como enjaulada, y en esta jaula debe de sentirse tan abandonada como para tener que reafirmar su autoridad constantemente, sobre todo conmigo. Otra vez intento entenderla. ¿Cuándo podré liberarme de esto? ¿Cuándo dejaré, al fin, de ser la psicóloga de mi madre?
La busco, quiero entenderla, quiero ayudarla. Pero todo es inútil. Ella no quiere dejarse ayudar, no quiere dejarse ablandar, da la impresión de que sólo necesita autoridad. Y yo ya no voy a seguirle el juego. Espero que me salga bien.
Con papá es distinto. Él se rige por sus ausencias, nos evita a todos, hace imposibles los encuentros. Tampoco en el pasado, cuando yo era pequeña y él jugaba con mi cuerpo, nunca decía nada.
Mamá es diferente. Es omnipresente, sea chillando o haciendo reproches, con su necesidad o con sus quejas. Nunca podré esquivar su presencia, pero sí puedo dejar de alimentarme con ella.
Me destruye.
Aunque la ausencia de papá también me resultaba destructiva, porque como niña necesitaba alimentarme a toda costa. ¿Y cómo iba a hacerlo si mis padres me lo negaban? El alimento que necesitaba con tanta urgencia era una relación, pero ni mamá ni papá sabían lo que era eso y temían todo vínculo conmigo, porque de pequeños ellos mismos sufrieron abusos y nadie los protegió.
Hambre de afecto auténtico
La verdad es que el relato de Anita no precisa ningún comentario, los hechos que describe ilustran los mecanismos que su historia revela.
En el origen de la enfermedad está el hambre de Anita por un contacto afectivo auténtico con los padres y los amigos. Y la curación fue, al fin, posible en cuanto Anita experimentó que hay personas que quieren y pueden entenderla.
El niño desatendido no puede vivir su dolor de forma consciente, y menos aún expresarlo, por temor a ser abandonado por completo. Así que se aferra a un mundo irreal, más bello e ilusorio. Eso le ayuda a sobrevivir.
Cuando en el adulto, a través de sucesos de lo más banales, se desencadenan las emociones reprimidas en el pasado, éstas apenas gozan de comprensión: «¿Yo? ¿Miedo a mi madre? Pero si es absolutamente inofensiva, me trata con cariño y hace todo lo que puede. ¿Cómo voy a tenerle miedo?». O en otro caso: «Mi madre es horrible. Pero soy consciente de ello, por eso he roto mi relación con ella, no dependo de ella para nada».
Quizás el adulto se conforme con esto.
Pero es posible que en su interior todavía viva el niño no integrado, cuyos miedos nunca pudieron ser aceptados ni vividos de forma consciente.
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Soy María Pilar Sánchez, graduada en psicología, especializada en psicosomática y biodescodificación, y autora de 4 libros. Tras superar la fibromialgia y el síndrome de fatiga crónica, hoy acompaño a otras personas a comprender el origen emocional de sus síntomas y bloqueos para recuperar claridad, equilibrio y bienestar.




