El impacto del trauma infantil en la salud mental y física de los adultos

Se ha podido predecir con abrumadora certeza qué personas desarrollarían cáncer y quiénes no, basándose simplemente en el grado en que un individuo reprimió sus sentimientos y expresiones de ira.

Lo dice Gabor Maté, médico y escritor canadiense

“Cuando reprimimos las emociones, es decir, cuando no identificamos ni expresamos nuestras emociones, o  cuando somos esclavos de ellas, por ejemplo en momentos de rabia sin límites, estamos haciendo estragos en nuestra salud. Se resiente nuestro sistema nervioso, nuestro aparato hormonal, nuestro sistema inmune, intestinos, corazón y otros órganos.

El resultado de no gestionar nuestras emociones correctamente puede ser una enfermedad crónica o aguda.

En la misma medida que la ira reprimida finalmente se vuelve contra nosotros, el sistema inmune también lo hace. ¿Un ejemplo? Los trastornos autoinmunes.

En más de dos décadas de medicina familiar, incluidos siete años de trabajo de cuidados paliativos, me llamó la atención la forma en que las vidas de las personas con enfermedades crónicas se caracterizan por el bloqueo emocional: la parálisis de las emociones “negativas”. En concreto, el sentimiento y expresión de la rabia.

Este patrón se mantuvo en una amplia gama de enfermedades, desde el cáncer, la artritis reumatoide y la esclerosis múltiple, hasta el trastorno inflamatorio intestinal, el síndrome de fatiga crónica y la esclerosis lateral amiotrófica (ELA).

Las víctimas de asma, psoriasis, migrañas, fibromialgia, endometriosis y otra serie de afecciones también mostraron esta represión de emociones negativas.

Las personas parecían incapaces de considerar sus propias necesidades emocionales y eran arrastradas por un sentido compulsivo de responsabilidad hacia las necesidades de los demás. Todos tenian dificultades para decir que “no”.

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Todo comienza en tu infancia

Ahora bien, no se debe culpar a nadie por reprimir sus emociones o por no cuidar de sí mismo. Estos actos no son deliberados sino el producto de mecanismos o estrategias adaptativas que comienzan en la infancia temprana.

Durante nuestra infancia, donde somos dependientes y vulnerables, desarrollamos el compuesto psicológico, conductual y emocional que luego, en la edad adulta, nos puede llevar a confundirnos a nosotros mismos.

Este compuesto, que llamamos la personalidad, a menudo enmascara a una persona real con necesidades y deseos reales.

La personalidad no es algo defectuoso: en entornos estresantes, se desarrolla principalmente como un medio de supervivencia, una defensa que puede convertirse más tarde en nuestro propio saboteador.

La interacción entre la genética y las experiencias de la vida temprana moldean, literalmente, los circuitos del cerebro en desarrollo el cual es influenciado por la sintonización o falta de ella, entre el adulto y el niño, sobre todo en los primeros años de vida.

Los ajustes fisiológicos y psicológicos de corto plazo a los que recurrimos para sobrevivir en esta primera etapa tienen consecuencias de largo plazo sobre el aprendizaje, el comportamiento, la salud y la longevidad.

Las interacciones entre cerebro y cuerpo también determinan que las circunstancias y experiencias adversas durante la infancia temprana –incluso en útero– dejan no solo efectos psicológicos a largo plazo, sino que también pueden ser promotoras de enfermedad.

Numerosos estudios demuestran que el sufrimiento de los primeros años de vida potencia muchísimas enfermedades, desde mentales, como depresión, psicosis o adicciones, hasta trastornos autoinmunes y cáncer.

La separación de la mente y el cuerpo es una visión errónea.

Los rasgos de personalidad, es decir, los patrones psicológicos, conducen a la enfermedad porque los circuitos cerebrales y los sistemas que procesan las emociones no solo ejercen una profunda influencia en nuestros nervios autónomos, si no también en nuestros sistemas cardiovascular, hormonal e inmune: en realidad, están todos unidos.

La psiconeuroinmunología ha delineado los mecanismos neurológicos y bioquímicos que unen a todos estos sistemas aparentemente dispares en un único super-sistema.

Los estudios de los Estados Unidos y Nueva Zelanda han demostrado, por ejemplo, que los adultos sanos que sufrieron maltrato infantil tenían más probabilidades de tener alteraciones en su circulación debido a todas las experiencias estresantes vividas. Es decir, entre ellos hay un mayor factor de riesgo para la diabetes y enfermedades cardiacas.

El impacto del trauma infantil en la salud mental y física de los adultos es real.

Miles de estudios han demostrado que el sufrimiento en la primera infancia potencia muchas enfermedades, desde enfermedades mentales como la depresión, la psicosis o la adicción, pasando por enfermedades autoinmunes y llegando hasta el cáncer.

Un estudio canadiense demostró que el abuso infantil aumentaba el riesgo de cáncer en casi un 50 por ciento, incluso cuando se controlaban los hábitos de vida como fumar y beber.

Los padres ​​que han sufrido traumas que se transmiten de una generación a otra, los que tienen problemas en su relación, inseguridad económica, depresión materna o viven desconectados de la sociedad, son simplemente incapaces de dar a sus hijos las interacciones “mutuamente receptivas” que requiere un desarrollo infantil óptimo.

El resultado es la epidemia de trastornos del desarrollo entre nuestros niños que ahora estamos presenciando.

De acuerdo con la ideología imperante, la respuesta médica es principalmente farmacéutica. En lugar de considerar el entorno que, durante la infancia, da forma al cerebro, buscamos manipular la química del cerebro del niño.

El aislamiento emocional mata

A nivel social, debemos entender que la salud no es un resultado individual, sino que surge de la cohesión social, los lazos comunitarios y el apoyo mutuo. En esta cultura alienada, donde los “amigos” pueden ser entidades electrónicas virtuales en lugar de seres humanos, muchos sufren de lo que el psicólogo de la Universidad de Chicago John Cacioppo llama “la letalidad de la soledad”.

Necesitamos un cambio de actitud amplio y práctico y voluntad consciente hacia una cultura basada en la sociabilidad de los seres humanos. Sabemos demasiado bien que el aislamiento emocional mata.

Médicos y enfoque holístico

A menudo me preguntan cómo las personas deben acercarse a sus médicos, que pueden ser muy hábiles en su oficio, pero limitados por la estrechez de la ideología médica.

“Es lo mismo que ir a una panadería”, respondo. “Cuando ingresas a una panadería, no pidas salami, al igual que cuando vas al carnicero, no pidas galletas”.

Recibe lo que el médico te ofrece. Con frecuencia eso puede ser milagroso. Pero no busques lo que el doctor no puede darte.

Encuentra fuentes alternativas para lo que la mayoría de los médicos no pueden proporcionar: un enfoque holístico que considera no a los órganos y sistemas, sino a todo el organismo humano.

Asume la responsabilidad de cómo vives, la comida que ingieres, tu equilibrio emocional, tu desarrollo espiritual, la integridad de tus relaciones.

Regálate lo mejor que puedes regalarte, lo que a tus padres les hubiera encantado darte, pero probablemente no pudieron:

la atención sincera

la conciencia plena y

la compasión.”

Gracias Doctor Maté.

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